Arbol y Flor
Entre Luz y Sombra Mónica Ashida El filósofo llevó a sus discípulos a una habitación oscura. ¿Qué ven? -les preguntó- Nada, maestro -le respondieron-, la oscuridad es absoluta y no nos deja ver. El filósofo dió una palmada, y se encendieron al mismo tiempo mil lámparas de intensa luz. ¿Qué ven ahora? -les preguntó otra vez- Nada, tampoco dijeron los discípulos- Esta luz cegadora nos impide abrir los ojos para ver. Aprendan, pues -les enseño el maestro- , que ni en la luminosidad absoluta ni en la completa oscuridad el hombre puede ver. Por eso estamos hechos de luces y de sombras, para podernos ver los unos a los otros. ¡Ay de aquél que no perdone la oscuridad que hay en el alma de su hermano, pues no lo podrá ver, y estará solo! y ¡ay de aquél que no busque poner luces en su oscuridad, pues a sí mismo se perderá! Así dijo aquel sabio. Y concluyó: Estamos hechos de sombras. ¿Dónde mejor que en nosotros puede brillar la luz? El mundo puede apreciarse bajo múltiples ópticas. De entre ellas está la que prescinde del color, brindándonos la oportunidad de desprendernos de sensaciones que creíamos esenciales para el disfrute estético. La calidez y alegría inherentes a las explosiones cromáticas, dan paso al misterio y a un cierto temor en el momento en el que las sombras reclaman terreno. La penumbra nos obliga a equilibrar nuestra percepción del mundo, demostrándonos que entre un lugar y otro, al momento de borrar la línea del horizonte que separa arriba y abajo, opera un fenómeno de homogenización en el que, el tiempo se paraliza, el espacio se vuelve anónimo, la luz imaginaria que crea una apretada red de sombras que nos ofrece una visión unitaria y totalizadora de la naturaleza, que conduce nuestra imaginación a terrenos desconocidos en los que intuimos que algo se esconde detrás de lo aparente Joao Rodríguez nos presenta una vista aérea de una arboleda, en donde una línea de luz hace que las sombras de las copas de los árboles y de los troncos se proyecten en una superficie plana. El conjunto de figuras metálicas que conforman la “arboleda” están colocadas sobre una retícula milimétrica, haciendo que el conjunto luzca frío y calculado, en extremo ficticio, pero esto más que una desventaja formal permite que la obra estimule una serie de interrogantes en torno al subtexto que se encuentra dentro de una descripción arquitectónica de un espacio “natural”. La conformación de estas estructuras -perfectamente recortadas, pero dibujadas de primera intensión - nos aleja de cualquier tipo de referente anecdótico, se posiciona desde el campo del las piezas fabricadas en serie jugando con el contenido semántico de lo natural y lo artificial. Sin ser necesariamente una instalación, -sino una disposición de objetos planos que hacen a su vez referencia a una pieza bidimensional- la obra insinúa escenográficamente un lugar con una temporalidad poco clara en donde algo esta a punto de acontecer, es un espacio congelado, de aparente transición y de una extraña pero puntual tensión que se encuentra en permanente espera de un acto que modifique sustancialmente su estructura, pero que se mantiene inamovible. Joao centra su obra en la creación de formas primitivas de la naturaleza, más que evocándola, haciendo un simple eco de sus exuberantes formas, haciendo referencia directa a la técnica pictórica apoyándose en la luz para componer y encuadrar su punto de vista, dejando al espectador libre de plantear las mezclas en el medio que su deseo requiera para resolver el paisaje, y el misterio que guarda, hasta espacios nuevos, no identificados, a nuevas maneras de ver en la naturaleza y porque no, al interior de nosotros mismos.
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